Rojo y negro

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—Muy bien, ilustrísima.

—¿No está muy atrás? Parecería un poco simple; pero tampoco hay que llevarla encima de los ojos como si fuera un chacó de oficial.

—Me parece que queda muy bien.

—El rey de… está acostumbrado a un clero venerable y, seguramente, muy serio. No querría parecer demasiado frívolo, sobre todo por mi edad.

Y el obispo siguió andando e impartiendo bendiciones.

«Está claro —dijo Julien, atreviéndose por fin a interpretarlo—: está practicando para impartir bendiciones.»

Tras unos momentos, el obispo dijo:

—Estoy listo. Vaya a avisar al decano y a los señores del capítulo.

No tardó el padre Chélan, tras el que iban los dos curas de mayor edad, en entrar por una gran puerta espléndidamente tallada y que Julien no había visto. Pero en esta ocasión se quedó en su lugar, el último de todos, y no pudo ver al obispo sino por encima de los hombros de los demás sacerdotes que se agolpaban en aquella puerta.


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