Rojo y negro
Rojo y negro El obispo cruzaba despacio la sala; cuando llegó al umbral, los párrocos formaron una procesión. Transcurridos unos instantes de desorden, la procesión echó a andar entonando un salmo. El obispo caminaba el último, entre el padre Chélan y otro cura muy anciano. Julien se escurrió hasta colocarse muy cerca de su ilustrísima, como adjunto del padre Chélan. Fueron por los largos corredores de la abadía de Bray-le-Haut; pese a que el sol resplandecía, eran oscuros y húmedos. Llegaron por fin al pórtico del claustro. A Julien lo tenía pasmado de admiración una ceremonia tan hermosa. La ambición, que le había despertado la juventud del obispo, la sensibilidad y la urbanidad exquisita de aquel prelado pugnaban por adueñase de su corazón. Aquella urbanidad no tenía nada que ver con la del señor de Rênal, ni siquiera en sus días buenos. «Cuanto más va uno subiendo hacia la primera fila de la sociedad —se dijo Julien—, más se encuentra uno con modales encantadores.»
Estaban entrando en la iglesia por una puerta lateral; de repente un ruido espantoso retumbó en las bóvedas antiguas; Julien pensó que se iban a desplomar. Era otra vez el cañoncito; acababa de llegar; tiraban de él ocho caballos al galope; no bien llegó lo pusieron en batería los cañoneros de Leipzig, disparaba cinco veces por minuto, como si tuviera delante a los prusianos.