Rojo y negro
Rojo y negro Pero aquel ruido admirable no le hizo ahora efecto alguno a Julien; no se acordaba ya de Napoleón ni de la gloria militar. «¡Tan joven y obispo de Agde! —pensaba—. Pero ¿dónde está Agde? Y ¿qué reporta? Doscientos o trescientos mil francos a lo mejor.»
Los lacayos de su ilustrísima aparecieron con un palio magnífico. El padre Chélan agarró una de las varas, pero de hecho fue Julien quien la llevó. El obispo se colocó debajo. Había conseguido de verdad parecer viejo; la admiración de nuestro héroe llegó al colmo. «¡Qué no será posible hacer con habilidad!», pensó.
El rey entró. Julien tuvo la suerte de verlo de muy cerca. El obispo habló con unción y sin olvidarse de un leve matiz de azoramiento muy cortés con su majestad. No repetiremos la descripción de las ceremonias de Bray-le-Haut: llenaron durante quince días las columnas de todos los periódicos del departamento. Julien se enteró por el sermón del obispo de que el rey descendía de Carlos el Temerario.
Más adelante, le incumbió a Julien repasar las cuentas de lo que había costado la ceremonia aquella. El marqués de La Mole, que le había conseguido un obispado a su sobrino, había querido hacerle el cumplido de correr con todos los gastos. Solo la ceremonia de Bray-le-Haut costó tres mil ochocientos francos.