Rojo y negro

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Tras el discurso del obispo y la respuesta del rey, su majestad se colocó bajo el palio y luego se arrodilló muy devotamente en un almohadón, cerca del altar. En el coro había, todo alrededor, sillas y esas sillas estaban dos peldaños más arriba del suelo. Era en el último de esos peldaños donde estaba sentado Julien, a los pies del padre Chélan, más o menos como el caudatario junto a su cardenal en la Capilla Sixtina de Roma. Hubo un Te Deum, oleadas de incienso, interminables descargas de mosquetería y artillería; los campesinos estaban embriagados de dicha y devoción. Un día así desbarata la obra de cien números de los periódicos jacobinos.

Julien se hallaba a seis pasos del rey que estaba realmente entregado a la oración. Se fijó por primera vez en un hombre menudo de mirada inteligente y que llevaba un frac casi sin bordados. Pero lucía una banda azul cielo sobre ese frac tan sencillo. Estaba más cerca del rey que otros muchos nobles cuyos fraques iban tan bordados de oro que, como decía Julien, no se veía el paño. Supo pocos momentos después que era el señor de La Mole; le encontró una expresión altanera e incluso insolente.




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