Rojo y negro
Rojo y negro Su majestad, más que caer de rodillas en el reclinatorio, se abalanzó hacia él. Fue solo entonces cuando Julien, pegado a la puerta dorada, vio a medias, por encima del brazo desnudo de una joven, la deliciosa estatua de san Clemente. Estaba oculto bajo el altar, vestido de joven soldado romano. Tenía en el cuello una gran herida de la que parecía correr la sangre. El artista se había superado; los ojos agonizantes, pero llenos de encanto, estaban cerrados a medias. Un bozo adornaba esa boca cautivadora que, a medio cerrar, parecía estar orando aún. Al verlo, le corrieron las lágrimas a la muchacha que estaba al lado de Julien y una de ellas le cayó a este en la mano.
Al cabo de unos momentos de oración en el más hondo silencio, que apenas turbaba el tañido lejano de las campanas en diez leguas a la redonda, el obispo de Agde le pidió al rey permiso para hablar. Pronunció un discursito muy conmovedor por sus palabras sencillas, pero cuyo efecto garantizaban estas precisamente.