Rojo y negro
Rojo y negro —No olvidéis nunca, jóvenes cristianas, que habéis visto a uno de los mayores reyes de la tierra de rodillas ante los servidores de este Dios todopoderoso y terrible. Esos servidores, débiles, perseguidos, a quienes asesinan en la tierra, como lo estáis viendo por la herida de san Clemente, que aún sangra, triunfan en el cielo. ¿Verdad, jóvenes cristianas, que recordaréis siempre este dÃa? Aborreceréis a los impÃos. ¡Seréis fieles para siempre a este Dios tan grande y tan terrible, pero tan bueno!
Al decir estas palabras, el obispo se puso de pie con autoridad.
—¿Me lo prometéis? —dijo, echando hacia delante el brazo, con expresión inspirada.
—Lo prometemos —dijeron las muchachas echándose a llorar.
—Recibo esta promesa en nombre del Dios terrible —añadió el obispo con voz de trueno. Y la ceremonia concluyó.
Incluso el rey lloraba. Hasta mucho después no tuvo Julien la sangre frÃa suficiente para preguntar dónde estaban los huesos del santo, enviados desde Roma a Felipe el Bueno, duque de Borgoña. Le dijeron que estaban ocultos en la encantadora figura de cera.