Rojo y negro
Rojo y negro —¡Bien está, caballeros! Seré el tercer párroco a quien, con ochenta años de edad, destituyan en estos contornos. Llevó aquí cincuenta y seis años; he bautizado a casi todos los vecinos de la ciudad, que no era sino un poblachón cuando llegué. Caso a diario a jóvenes a cuyos abuelos casé tiempo ha. Verrières es mi familia; pero me dije, al ver al forastero: «Este hombre que viene de París puede ser, desde luego, un liberal; demasiados hay». Pero ¿qué daño puede hacerles a nuestros pobres y a nuestros presos?
Y, al ir creciendo los reproches del señor de Rênal, y sobre todo los del señor Valenod, el director del depósito de mendicidad, el anciano párroco exclamó con voz trémula:
—¡Bien está, caballeros! Dispongan que me destituyan. No por eso voy a irme de la comarca. Sabido es que hace cuarenta y ocho años heredé una tierra que me reporta 800 libras. Viviré con esa renta. Yo no saco ahorros de este cargo mío, caballeros, y a lo mejor es por eso por lo que no me asusto tanto cuando me hablan de dejarme sin él.