Rojo y negro
Rojo y negro —SÃ, señor párroco —dijo el carcelero en voz baja y agachando la cabeza como un bulldog al que el temor al palo obliga a obedecer contra gusto—. Pero, señor párroco, es que tengo mujer e hijos: si me denuncian, me echarán; solo tengo este cargo para vivir.
—A mà también me contrariarÃa mucho quedarme sin el mÃo —dijo el bondadoso párroco con voz cada vez más afectada.
—Menuda diferencia —respondió con vehemencia el carcelero—. Usted, señor párroco, ya sabemos que tiene 800 libras de renta y buenas fincas.
Tales son los hechos que, comentados y exagerados de veinte formas diferentes, llevaban dos dÃas poniendo en danza todas las pasiones rencorosas de la ciudad de Verrières. En este momento en eso consistÃa la somera charla que el señor de Rênal tenÃa con su mujer. Por la mañana, llevando consigo al director del depósito de mendicidad, habÃa ido a casa del párroco para ponerlo en antecedentes del más vehemente descontento. El padre Chélan no era el protegido de nadie; se percató a la perfección del alcance de lo que le estaban diciendo.