Rojo y negro
Rojo y negro El señor Appert comprendió que estaba en presencia de un hombre de bien: fue en pos del venerable párroco, visitó la cárcel, el hospicio, el depósito, hizo muchas preguntas y, pese a recibir respuestas peculiares, no se permitió la mínima señal reprobatoria.
La visita duró varias horas. El párroco invitó a comer al señor Appert, que alegó que tenía que escribir unas cartas: no quería comprometer a su generoso acompañante. A eso de las tres, fueron ambos a concluir la inspección del depósito de mendicidad y regresaron después a la cárcel. Al llegar, se encontraron en la puerta al carcelero, una especie de gigante de seis pies de alto y patizambo; el terror había convertido en repulsiva su cara abyecta.
—¡Ay, padre! —le dijo al párroco nada más verlo—. ¿Este caballero que viene con usted no es el señor Appert?
—Y ¿eso qué más da? —dijo el párroco.
—Es que desde ayer tengo órdenes rigurosas, y que el señor prefecto envió con un gendarme, que debió de pasarse la noche a caballo, de no dejar entrar al señor Appert en la cárcel.
—Le comunico, señor Noiroud —dijo el sacerdote—, que este viajero que viene conmigo es el señor Appert. ¿Reconoce que estoy autorizado para entrar en la cárcel a cualquier hora del día y de la noche acompañado de quien yo quiera?