Rojo y negro
Rojo y negro La desconfianza y el orgullo enfermizo de Julien, que estaban necesitados sobre todo de un amor sacrificado, no pudieron resistir al ver un sacrificio tan grande, tan innegable y que abarcaba todos y cada uno de los momentos. Adoraba a la señora de Rênal. «Por mucho que pertenezca a la nobleza y yo sea el hijo de un operario, me quiere… Junto a ella no soy un ayuda de cámara que tiene a su cargo cometidos de amante.» Tras apagarse ese temor, Julien cayó en todas las locuras del amor y en sus mortales incertidumbres.
—¡Al menos quiero hacerte muy feliz durante los pocos días que hemos de pasar juntos! —exclamaba la señora de Rênal al ver que él dudaba de su amor—. Démonos prisa; mañana a lo mejor no soy ya tuya. Si el cielo me castiga en mis hijos, intentaré en vano no vivir sino para quererte y no ver que es mi crimen el que los mata. No podré sobrevivir a ese golpe. Aunque quisiera, no podría: me volvería loca.
»¡Ah, si al menos pudiera cargar yo con tu pecado igual que me ofrecías tan generosamente cargar tú con la fiebre abrasadora de Stanislas!
Esta tremenda crisis moral cambió la naturaleza del sentimiento que unía a Julien y a su amante. El amor de Julien no fue ya solo admiración por la hermosura y orgullo de poseerla.