Rojo y negro

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Por fin se compadeció el cielo de esa madre desdichada. Poco a poco, Stanislas fue saliendo de peligro. Pero se había quebrado el hielo; la razón de la señora de Rênal había caído en la cuenta de la extensión de su pecado; no pudo recuperar de nuevo el equilibrio. Los remordimientos se quedaron y fueron como tenían que ser en un corazón tan sincero. Su vida fue el cielo y el infierno: el infierno cuando no veía a Julien; el cielo cuando estaba a sus pies.

—Ya no me hago ninguna ilusión —le decía incluso en los momentos en que se atrevía a entregarse por entero a su amor—: estoy condenada, irremisiblemente condenada. Tú eres joven, has cedido a mis seducciones, el cielo puede perdonarte; pero yo me he condenado. Lo sé por una seña indudable. Tengo miedo: ¿quién no tendría miedo al ver el infierno? Pero en el fondo no me arrepiento. Si tuviera que volver a cometer este pecado, lo cometería. Lo único que pido es que el cielo no me castigue en este mundo y en mis hijos; y tendré más de lo que me merezco. Pero tú al menos, Julien mío —exclamaba en otros momentos—, ¿eres feliz? ¿Te parece que te quiero lo suficiente?




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