Rojo y negro

Rojo y negro

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—Te obedeceré —dijo, cayendo a sus pies—; te obedeceré me ordenes lo que me ordenes; es lo único que puedo hacer ya. Mi pensamiento padece de ceguera; no veo qué partido podría tomar. Si te dejo, se lo cuentas todo, te pierdes y él se pierde contigo. Después de un ridículo así, nunca será diputado. Si me quedo, crees que soy la causa de la muerte de tu hijo y te mueres de dolor. ¿Quieres probar los efectos de mi partida? Si quieres, me castigo por mi falta yéndome ocho días. Iré a pasarlos al retiro que tú quieras. A la abadía de Bray-le-Haut, por ejemplo: pero júrame que mientras yo esté fuera no le confesarás nada a tu marido. Piensa que no podré volver si hablas.

La señora de Rênal lo prometió; Julien se fue, pero lo volvió a llamar al cabo de dos días.

—Sin ti me es imposible cumplir lo que he jurado. Hablaré con mi marido si no estás aquí continuamente para ordenarme con la mirada que me calle. Todas las horas de esta vida abominable me parece que duran lo que un día.




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