Rojo y negro
Rojo y negro —Deja que me castigue yo. Yo también soy culpable. ¿Quieres que entre en la Trapa? La austeridad de esa vida puede aplacar a tu Dios… ¡Ah, cielos, si pudiera tomar para mà la enfermedad de Stanislas!
—¡Ay, tú sà que lo quieres! —dijo la señora de Rênal incorporándose y arrojándose en sus brazos.
En el mismo instante, lo rechazó espantada.
—¡Te creo! ¡Te creo! —siguió diciendo, tras arrodillarse otra vez—. ¡Ay, mi único amigo, por qué no eres tú el padre de Stanislas! Entonces no serÃa un pecado horroroso quererte más que a mi hijo.
—¿Quieres permitir que me quede y que en adelante te quiera solo como un hermano? Es la única expiación sensata; puede aplacar la ira del AltÃsimo.
—¿Y yo? —exclamó ella, levantándose y cogiéndole a Julien la cabeza con ambas manos y sujetándola, a distancia, a la altura de sus ojos—. Y yo ¿te querré yo como a un hermano? ¿Está en mi poder quererte como a un hermano?
Julien se deshacÃa en llanto.