Rojo y negro
Rojo y negro —DarÃa mil veces mi vida por saber qué puede serte más útil —respondió Julien—; nunca te he querido tanto, ángel mÃo querido, o, mejor dicho, solo desde ahora mismo empiezo a adorarte como mereces que te adoren. ¿Qué será de mà lejos de ti y con la conciencia de que eres desgraciada por mi culpa? Pero no hablemos de mis padecimientos. Me iré, sÃ, amor mÃo. Pero, si te dejo, si dejo de velar por ti, de interponerme continuamente entre tú y tu marido, se lo cuentas todo y te pierdes. Piensa que si te expulsa de su casa será de forma ignominiosa; ¡todo Verrières y todo Besançon comentarán este escándalo! Te echarán todas las culpas; nunca te recuperarás de esa vergüenza…
—¡Eso es lo que pido! —exclamó ella, poniéndose de pie—. ¡Sufriré! Pues ¡mejor!
—Pero con ese escándalo abominable también le traerás a tu hijo la desdicha.
—Pero me humillo a mà misma, me arrastro por el barro y asÃ, a lo mejor, salvo a mi hijo. Esa humillación a la vista de todos ¿podrá ser una penitencia pública? En lo que alcanza a ver mi debilidad, ¿no es acaso el mayor sacrificio que pueda hacerle a Dios?… Quizá se digne aceptar mi humillación y dejarme a mi hijo. Dime otro sacrificio más doloroso y voy corriendo a hacerlo.