Rojo y negro
Rojo y negro Desde que el señor de Rênal se había retirado, hacía veinte minutos, Julien veía a la mujer a la que amaba con la cabeza apoyada en la camita del niño, inmóvil y casi sin sentido. «Aquí tenemos a una mujer de una inteligencia superior, sumida en el colmo del dolor por haberme conocido», se dijo.
«Las horas pasan a toda velocidad. ¿Qué puedo hacer por ella? Hay que tomar una decisión. Ya no se trata de mí. ¿Qué me importan los hombres y sus adocenadas pamplinas? ¿Qué puedo hacer por ella? ¿Irme? Pero la dejo sola y presa del dolor más espantoso. Ese autómata de marido suyo es más un perjuicio que una ayuda. Le dirá cualquier palabra dura, de tan grosero como es; puede volverse loca y tirarse por la ventana.
»Si la dejo, si dejo de velar por ella, se lo confesará todo. Y ¿quién sabe? A lo mejor, pese a la herencia que su mujer le traerá, el señor de Rênal organiza un escándalo. Y ella puede decírselo todo, por Dios bendito, a ese f…[16] del padre Maslon, que se aprovecha de la enfermedad de un niño de seis años para no moverse ya de esta casa, y no sin intención. A ella, con su dolor y su temor de Dios, se le olvida todo lo que sabe de ese hombre; solo ve al sacerdote.»
—Vete —le dijo de repente la señora de Rênal, abriendo los ojos.