Rojo y negro
Rojo y negro —No, escúchame —exclamó su mujer, arrodillada ante él e intentando retenerlo—. Tienes que saber toda la verdad. Soy yo quien está matando a mi hijo. Le di la vida y ahora se la quito. El cielo me castiga; a los ojos de Dios soy culpable de asesinato. Tengo que perderme y que humillarme; a lo mejor ese sacrificio aplaca al Señor.
Si el señor de Rênal hubiera sido un hombre con imaginación, lo habrÃa sabido todo en el acto.
—¡Ideas novelescas! —exclamó apartándose de su mujer, que intentaba abrazarse a sus rodillas—. ¡Todo eso son ideas novelescas! Julien, mande llamar al médico en cuanto amanezca.
Y se volvió a la cama. La señora de Rênal cayó de rodillas, medio desmayada, rechazando con ademán convulso a Julien, que querÃa atenderla.
Julien se quedó asombrado.
«Asà es el adulterio —se dijo—. ¿Será posible que esos curas tan falsos… tengan razón? Ellos, que tantos pecados cometen, ¿tendrán acaso el privilegio de estar al tanto de la auténtica teorÃa del pecado? ¡Qué cosa más extraña!»