Rojo y negro
Rojo y negro —Huya de mà —le dijo un dÃa a Julien—; en nombre de Dios, váyase de esta casa: es su presencia aquà la que mata a mi hijo. Dios me castiga —añadió en voz baja—; es justo; adoro su equidad; ¡mi crimen es espantoso y yo vivÃa sin remordimientos! Era el primer sÃntoma del abandono de Dios: mi castigo debe ser doble.
Julien se quedó muy impresionado. No podÃa ver en esto ni hipocresÃa ni exageración. «Cree que al amarme mata a su hijo; y, sin embargo, la desdichada me quiere más que a su hijo. Ese es, no puede caberme duda, el remordimiento que la está matando; esta sà que es grandeza de sentimientos. Pero ¡cómo he podido inspirar un amor asÃ, yo, tan pobre, tan mal criado, tan ignorante y, a veces, de modales tan zafios!»
Una noche, el niño se puso gravÃsimo. A eso de las dos de la madrugada fue a verlo el señor de Rênal. El niño, al que consumÃa la fiebre, estaba muy encarnado y no reconoció a su padre. De repente, la señora de Rênal se arrojó a los pies de su marido: Julien vio que iba a decÃrselo todo y a perderse para siempre.
Afortunadamente, aquel ademán singular importunó al señor de Rênal.
—¡Adiós! ¡Adiós! —dijo según se iba.