Rojo y negro
Rojo y negro Tiempo atrás, en el convento del Sagrado Corazón, había amado a Dios apasionadamente; lo temió con la misma pasión en la presente circunstancia. Los combates que le desgarraban el alma eran tanto más espantosos cuanto que no había nada racional en su temor. Julien comprobó que el mínimo razonamiento la irritaba, en vez de calmarla; veía en él el lenguaje del infierno. No obstante, como Julien, por su parte, quería mucho al niño, era a quien más le consentía que le hablase de su enfermedad: no tardó en agravarse. Entonces el continuo remordimiento le quitó a la señora de Rênal incluso la facultad de dormir; no salía de un silencio hosco: si hubiese abierto la boca, habría sido para confesar su crimen a Dios y a los hombres.
—Se lo ruego —le decía Julien en cuanto se quedaban a solas—, no hable con nadie; que sea yo el único confidente de sus penas. Si aún me ama, no hable: sus palabras no pueden quitarle la fiebre a nuestro Stanislas.
Pero sus consuelos no tenían efecto alguno; no sabía que a la señora de Rênal se le había metido en la cabeza que para calmar la ira celosa de Dios tenía bien que odiar a Julien bien que ver morir a su hijo. Y era porque sentía que no podía odiar a su amante por lo que era tan desdichada.