Rojo y negro

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Ocho días después de haber pasado el rey de… por Verrières, lo que quedaba a flote de las incontables mentiras, las interpretaciones necias, las discusiones ridículas, etc., etc., que habían protagonizado, sucesivamente, el rey, el obispo de Agde, el marqués de La Mole, las diez mil botellas de vino y el pobre De Moirod, que se había caído y que, con la esperanza de una condecoración, no volvió a salir de casa hasta pasado un mes de la caída, era la tremenda indecencia que haber soltado como una bomba en la guardia de honor a Julien Sorel, el hijo de un carpintero. Había que oír al respecto a los ricos fabricantes de telas estampadas que, por las noches y por las mañanas, se quedaban roncos en el café predicando la igualdad. Aquella mujer altanera, la señora de Rênal, era la autora de esa abominación. ¿El motivo? Los bonitos ojos y las mejillas tan lozanas del curita Sorel ya lo decían de sobra.

Poco después de regresar a Vergy, Stanislas-Xavier, el menor de los niños, empezó a tener fiebre: de repente, a la señora de Rênal le entraron unos remordimientos espantosos. Por primera vez se reprochó de forma continuada su amor; pareció entender, como por milagro, a qué pecado enorme se había dejado arrastrar. Aunque tenía una forma de ser hondamente religiosa, hasta aquel momento no había pensado en la enormidad de su crimen ante los ojos de Dios.


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