Rojo y negro
Rojo y negro —El infierno —decÃa—, el infierno serÃa una bendición para mÃ; me quedarÃan aún unos cuantos dÃas para pasarlos con él en la tierra; pero el infierno ya en este mundo, la muerte de mis hijos… Sin embargo, a lo mejor era el precio para que quedase perdonado mi crimen… ¡Ah, Dios soberano, no me concedáis el perdón a ese precio! Esos pobres niños no os han ofendido: yo, yo soy la única culpable: ¡amo a un hombre que no es mi marido!
Julien veÃa luego que la señora de Rênal llegaba a momentos tranquilos en apariencia. Intentaba dominarse, no querÃa amargarle la vida a quien amaba.
Entre estas alternancias de amor, de remordimientos y de placer, los dÃas se les pasaban con la rapidez del rayo. Julien perdió la costumbre de pensar.
La señorita Élisa fue a Verrières para estar al tanto de un pleito de poca monta que tenÃa allÃ. Se encontró al señor Valenod muy picado con Julien. Ella aborrecÃa al preceptor y le hablaba de él con frecuencia.
—¡Me llevarÃa usted a la perdición, señor, si le contase la verdad! —le decÃa un dÃa al señor Valenod—. Los amos siempre están de acuerdo unos con otros en las cosas importantes… A los criados nunca se les perdonan algunas confidencias…