Rojo y negro
Rojo y negro Tras estas frases que disponía el uso y que la impaciencia del señor Valenod se dio maña en abreviar, este se enteró de las cosas más mortificantes para su amor propio.
Aquella mujer, la más distinguida de la comarca, a la que había pasado seis años rodeando de tantos desvelos y, por desdicha, viéndolo y sabiéndolo todo el mundo, aquella mujer tan orgullosa, cuyos desdenes lo habían hecho ruborizarse tantas veces, acababa de tomar por amante a un obrerillo disfrazado de preceptor. Y, para que no careciera de nada el despecho del señor director del depósito de mendicidad, la señora de Rênal adoraba a ese amante.
—Y —añadía la doncella suspirando— al señor Julien no le ha costado nada hacer esa conquista; no dejó por la señora su frialdad habitual.
Élisa no había tenido certidumbres hasta que estuvieron en el campo, pero creía que esta intriga duraba desde hacía mucho:
—Seguramente es por eso —añadió con despecho— por lo que hace tiempo se negó a casarse conmigo. Y ¡yo que iba, como una imbécil, a consultar a la señora de Rênal y que le rogaba que hablase con el preceptor!