Rojo y negro
Rojo y negro —Estoy completamente decidido a que venga a casa Sorel, el hijo del serrador de tablones —dijo el señor de Rênal—; vigilará a los niños, que están empezando a ser demasiado de la piel del diablo para nosotros. Es un sacerdote joven, o como si lo fuera, que sabe bien el latÃn, y los niños progresarán con él, porque, según dice el párroco, tiene firmeza de carácter. Le pagaré 300 francos y la manutención. TenÃa ciertas dudas acerca de su Ãndole moral, porque era el BenjamÃn de ese cirujano viejo que es miembro de la Legión de Honor, quien, so pretexto de ser primo suyo, se fue de huésped a casa de los Sorel. Ese hombre podrÃa muy bien no haber sido, en el fondo, sino un agente secreto de los liberales; decÃa que el aire de nuestras montañas le sentaba bien para el asma; pero no hay pruebas de eso. Estuvo en todas las campañas de Buonaparte en Italia; y dicen incluso que firmó un no al Imperio en su momento. Ese liberal le enseñaba latÃn al hijo de Sorel y le dejó todos esos libros que trajo consigo. Asà que nunca se me habrÃa ocurrido poner a nuestros hijos a cargo del hijo del carpintero; pero el párroco, la vÃspera precisamente del suceso que acaba de enemistarnos para siempre, me habÃa dicho que el tal Sorel lleva tres años estudiando teologÃa con idea de entrar en el seminario; asà que no es un liberal y sabe latÃn. Es un arreglo conveniente desde varios puntos de vista —siguió diciendo el señor de Rênal, mirando a su mujer con expresión diplomática—. Valenod está muy ufano de los dos normandos que acaba de comprarse para que tiren de la calesa. Pero sus hijos no tienen preceptor.