Rojo y negro
Rojo y negro —Pues podrÃa ser que nos quitara a este.
—¿Asà que te parece bien mi proyecto? —dijo el señor de Rênal agradeciendo a su mujer con una sonrisa la estupenda idea que se le acaba de ocurrir—. Bueno, pues está decidido.
—¡Ay, por Dios, mi buen amigo, qué pronto te decides!
—Es que soy hombre de carácter, y bien lo ha visto el párroco. Para qué nos vamos a engañar, aquà estamos rodeados de liberales. Tengo la seguridad de que todos estos comerciantes de tejidos me tienen envidia: dos o tres se están convirtiendo en unos ricachones. Pues me agrada no poco que vean pasar a los hijos del señor de Rênal cuando los lleve de paseo su preceptor. Será algo que imponga. Mi abuelo nos contaba muchas veces que él habÃa tenido, de joven, un preceptor. Me costará cien escudos, pero tenemos que considerarlo un gasto necesario para mantener nuestro rango.