Rojo y negro
Rojo y negro «Puedo moler a palos a ese preceptor insolente y echarlo. Pero ¡qué escándalo en Verrières y en todo el departamento! Cuando condenaron el periódico de Falcoz, al salir de la cárcel su jefe de redacción, tuve que ver en que perdiera su empleo de seiscientos francos. Dicen que ese plumÃfero se está atreviendo a volver a dar señales de vida en Besançon; puede darse buena maña para ponerme en ridÃculo en público y de forma tal que no sea posible llevarlo ante los tribunales… Llevarlo ante los tribunales… El muy insolente insinuará de mil maneras que dice la verdad. A un hombre de buena cuna y que sabe cumplir con su rango, como yo, lo aborrecen todos los plebeyos. Habré de verme en esos horribles periódicos de ParÃs. ¡Ah, Dios mÃo! ¡Qué despeñadero! ¡Ver el antiguo apellido De Rênal hundido en el cieno del ridÃculo! Si tengo que viajar en alguna ocasión, tendré que cambiarme de apellido. ¡Cómo! ¡Prescindir de este apellido que es mi gloria y mi fuerza! ¡Qué abismo de miseria!