Rojo y negro
Rojo y negro El señor de Rênal le había ordenado a Julien que se fuera a su casa. Nadie sospechó lo que había sucedido. El tercer día después de su llegada, Julien se encontró con que subía a su cuarto alguien que era ni más ni menos que el subprefecto De Maugiron. Hasta que no transcurrieron dos horas largas de charla insípida y de grandes jeremiadas referidas a la maldad de los hombres, la escasa probidad de las personas a cuyo cargo estaba la administración de los denarios públicos, los peligros que corría esta pobre Francia, etc., etc., no vio Julien apuntar por fin la razón de la visita. Estaban ya en el descansillo de las escaleras y el pobre preceptor medio caído en desgracia salía a despedir, con el oportuno respeto, al futuro prefecto de algún afortunado departamento, cuando tuvo este a bien preocuparse por la suerte de Julien, alabar su moderación en los temas de interés, etc., etc. Finalmente, el señor de Maugiron, dándole un abrazo con la expresión más benigna, le propuso que dejase al señor de Rênal y entrase en casa de un funcionario que tenía hijos por educar y que, como el rey Felipe, daría las gracias al cielo no tanto por habérselos dado cuanto por haber hecho que nacieran en las proximidades del señor Julien. El preceptor de esos niños contaría con ochocientos francos de sueldo, pagaderos no por meses, lo que no resulta noble, dijo el señor de Maugiron, sino trimestralmente y siempre por adelantado.