Rojo y negro

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Ahora le tocó el turno a Julien, que llevaba hora y media esperando, muy aburrido, verse en el uso de la palabra. La respuesta que dio fue perfecta y, sobre todo, más larga que un día sin pan; lo daba todo a entender y, sin embargo, no decía nada con claridad. Habría podido verse en ella a un tiempo respeto por el señor de Rênal, veneración por los vecinos de Verrières y agradecimiento al ilustre subprefecto. El subprefecto en cuestión, asombrado al encontrase a alguien más jesuítico que él, intentó en vano sacarle algo concreto. Julien, encantado de la vida, aprovechó la ocasión para practicar y volvió a contestarle lo mismo desde el principio, pero con otras palabras. Nunca ministro elocuente alguno, deseoso de erosionar el final de una sesión en que la Cámara parece estarse espabilando, dijo menos con más palabras. Nada más irse el señor de Maugiron, Julien se echó a reír como un loco. Para aprovechar aquella labia jesuítica, le escribió una carta de nueve páginas al señor de Rênal en la que lo ponía al tanto de cuanto le habían dicho y le pedía consejo humildemente. «¡El muy bribón no me ha dicho el nombre de la persona que me hacía ese ofrecimiento! Será el señor Valenod que interpreta mi destierro en Verrières como una consecuencia de su anónimo.»




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