Rojo y negro
Rojo y negro Tras enviar la misiva, Julien, contento como un cazador que, a las seis de la mañana, en un hermoso día de otoño, llega a una llanura donde abunda la caza, salió para ir a pedirle consejo al padre Chélan. Pero, antes de llegar a casa del buen sacerdote, el cielo, que quería procurarle motivos de deleite, puso en su camino al señor Valenod, a quien no le ocultó que tenía el corazón destrozado; un pobre muchacho como él se debía por entero a la vocación que el cielo le había puesto en el corazón, pero la vocación no lo era todo en este valle de lágrimas. Para laborar con dignidad en la viña del Señor y no ser del todo indigno de tantos sabios colaboradores, había que tener instrucción; había que pasar en el seminario de Besançon dos años muy onerosos; era, pues, indispensable ahorrar, cosa mucho más fácil con un sueldo de ochocientos francos pagado por trimestres que con seiscientos francos que uno se comía de mes en mes. Por otra parte, el cielo, al colocarlo junto a los niños De Rênal y, sobre todo, al hacerle sentir por ellos un apego excepcional, ¿no parecía acaso indicarle que no era oportuno dar de lado aquella tarea educativa para dedicarse a otra…?
Julien estaba alcanzando un grado tal de perfección en este tipo de elocuencia, que ha ocupado el lugar de la rapidez de acción del Imperio, que acabó por aburrirlo el sonido de sus propias palabras.