Rojo y negro
Rojo y negro Al regresar, se encontró con un criado del señor Valenod, con librea de gala, que lo estaba buscando por toda la ciudad con una nota en que lo invitaba a almorzar ese mismo día.
Nunca había ido Julien a casa de aquel hombre; hacía solo unos cuantos días que no pensaba sino en la forma de molerlo a palos sin acabar inculpado en la policía judicial. Aunque ponía que el almuerzo era a la una, a Julien le pareció más respetuoso presentarse a las doce y media en el gabinete de trabajo del señor director del depósito de mendicidad. Se lo encontró exhibiendo su importancia entre una gran cantidad de carpetas. Esas abundantes patillas negras, esa enorme cantidad de pelo, ese gorro griego ladeado en la coronilla, esa pipa gigantesca, esas zapatillas bordadas, esas gruesas cadenas de oro cruzadas encima del pecho en todos los sentidos y todo aquel aparato de financiero de provincias que cree gozar del favor de las damas no impresionaban a Julien; con lo cual se acordaba aún más de los palos que le debía.