Rojo y negro
Rojo y negro Pidió que se le hiciera el honor de presentarlo a la señora Valenod; se estaba vistiendo y no podía recibir. A título de compensación, pudo asistir al acicalamiento del señor director del depósito. Fueron luego a los aposentos de la señora Valenod, que le presentó a sus hijos con los ojos llenos de lágrimas. Aquella señora, una de las más importantes de Verrières, tenía una cara basta y masculina y se había puesto colorete para aquella importante ceremonia. Hizo todos los aspavientos de la maternidad.
Julien se acordaba de la señora de Rênal. Su desconfianza no lo tornaba propicio sino a esa clase de recuerdos que proceden de los contrastes; pero ahora el contraste lo impresionaba hasta enternecerlo. Esa disposición de ánimo creció con el aspecto de la casa del director del depósito. Se la enseñaron. Todo era espléndido y nuevo y le decían cuánto habían costado todos y cada uno de los muebles. Pero Julien notaba en todo algo infame y que olía a dinero robado. Todos, incluidos los criados, parecían estar componiendo el gesto para precaverse del desprecio.