Rojo y negro
Rojo y negro El recaudador de impuestos, el hombre de las cargas impositivas indirectas, el oficial de la gendarmería y otros dos o tres funcionarios públicos llegaron con sus mujeres. A continuación, se presentaron unos cuantos liberales ricos. Anunciaron que el almuerzo estaba servido. Julien, muy mal dispuesto ya, dio en pensar que, del otro lado de la pared del comedor, estaban unos pobres internos a cuya ración de carne era posible que le hubieran metido mano para comprar todo aquel lujo de mal gusto con que querían aturdirlo.
«A lo mejor tienen hambre en este mismo momento», se dijo. Se le puso un nudo en la garganta y le resultó imposible comer y casi hablar. Fue mucho peor un cuarto de hora después: se oían de tanto en tanto algunos ecos de una canción popular y, fuerza es reconocerlo, un tanto chabacana que cantaba uno de los internos. El señor Valenod miró a uno de sus lacayos con librea de gala que se esfumó y, a poco, no se volvió a oír cantar. En ese instante, un sirviente le estaba ofreciendo a Julien un vino del Rin en una copa verde y la señora Valenod tenía buen cuidado de comentarle que una botella del vino aquel costaba nueve francos comprada en el lugar de origen. Julien, con la copa verde en la mano, le dijo al señor Valenod:
—Ya han dejado de cantar esa canción tan fea.