Rojo y negro

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A la señora de Rênal, timidísima y de forma de ser muy irregular en apariencia, le disgustaba sobre todo el continuo ajetreo y las voces destempladas del señor Valenod. El rechazo que sentía por eso que llaman en Verrières alegría le había valido la reputación de estar muy orgullosa de su cuna. No era ella consciente de eso, pero se alegró mucho al ver que los vecinos de la ciudad iban yendo menos a su casa. No ocultaremos que las señoras de esos vecinos la tenían por tonta porque no tenía una política para tratar a su marido y dejaba perder las ocasiones más favorables para que le comprase sombreros bonitos de París o Besançon. Con tal de que la dejasen vagabundear a solas por su hermoso jardín no se quejaba nunca.

Era un alma cándida que nunca se había elevado siquiera al nivel de juzgar a su marido y confesarse que la aburría. Suponía, sin formulárselo, que entre marido y mujer no existían relaciones más gratas. Quería sobre todo al señor de Rênal cuando este le hablaba de los proyectos que tenía para los hijos de ambos, de los cuales destinaba uno al ejército, otro a la magistratura y el tercero a la Iglesia. En resumidas cuentas, el señor de Rênal le parecía mucho menos aburrido que todos los demás hombres a quienes conocía.



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