Rojo y negro
Rojo y negro Esta opinión conyugal era sensata. El alcalde de Verrières se había ganado una reputación de hombre ingenioso y, sobre todo, de buen tono merced a media docena de gracias que había heredado de un tío suyo. El anciano capitán de Rênal servía, antes de la Revolución, en el regimiento de infantería del duque de Orléans y, cuando iba a París, frecuentaba los salones del príncipe. Había visto en ellos a la señora de Montesson, a la famosa señora de Genlis y al señor Ducrest, el inventor del Palais-Royal. Esos personajes aparecían con excesiva frecuencia en las anécdotas del señor de Rênal. Pero, poco a poco, el recuerdo de cosas tan delicadas de contar se le hacía cuesta arriba y llevaba algún tiempo refiriendo esas anécdotas suyas relacionadas con la casa de Orléans solo en las grandes ocasiones. Como, por lo demás, era muy educado, salvo cuando se hablaba de dinero, pasaba con razón por ser el personaje más aristocrático de Verrières.