Rojo y negro

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Reconozco que la debilidad de que da pruebas Julien en este monólogo me hace tener una pobre opinión de él. Sería digno de ser colega de esos conspiradores de guantes amarillos que pretenden cambiar toda la forma de ser de un gran país y no quieren tener que reprocharse ni el mínimo rasguño.

A Julien le recordaron con brusquedad su cometido: no era para soñar y no decir nada para lo que lo había invitado a almorzar en selecta compañía.

Un fabricante de tejidos estampados ya retirado, corresponsal de la academia de Besançon y de la de Uzès, se dirigió a él, de punta a punta de la mesa, para preguntarle si eso que decían de sus pasmosos progresos en el estudio del Nuevo Testamento era cierto.

De repente se hizo un silencio profundo: un Nuevo Testamento en latín apareció como por ensalmo en las manos del erudito miembro de dos academias. Tras responder Julien, leyeron al azar media frase latina. Él empezó a recitar: no le falló la memoria y admiraron el prodigio con toda la ruidosa energía de las postrimerías de un almuerzo. Julien miraba la cara pintada de las señoras; varias de ellas no estaban mal. Se había fijado en la mujer del recaudador tan dado a cantar.


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