Rojo y negro

Rojo y negro

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—La verdad es que me da reparo estar hablando tanto rato en latín delante de las señoras —dijo, mirándola—. Si el señor Rubigneau (era el miembro de las dos academias) tiene la bondad de leer al azar una frase en latín, en vez de contestar prosiguiendo con el texto latino, intentaré traducirla in promptu.

Esta segunda prueba llevó su gloria al colmo.

Había allí varios liberales ricos, pero padres dichosos de hijos con posibilidades de conseguir becas y, como tales, repentinamente convertidos tras la última misión[20]. Pese a ese rasgo de sutil política, el señor de Rênal nunca había querido recibirlos. Estas buenas personas que solo conocían a Julien por su reputación y por haberlo visto montado a caballo el día de la entrada en Verrières del rey de… eran sus admiradores más bullangueros. «¿Cuándo se cansarán estos necios de oír este estilo bíblico del que no entienden nada en absoluto?», pensaba Julien. Pero antes bien el estilo aquel los divertía porque les resultaba raro; les hacía gracia. Pero Julien se cansó.

Se puso de pie con mucha solemnidad al dar las seis y mencionó un capítulo de la nueva teología de Ligorio que tenía que aprenderse para recitárselo al día siguiente al padre Chélan. «Pues mi oficio —añadió con muy buen talante— consiste en oír las lecciones que me recitan y recitar yo otras.»


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