Rojo y negro
Rojo y negro Le rieron mucho la gracia y lo admiraron; tal es el ingenio que se usa en Verrières. Julien estaba ya de pie, todo el mundo se levantó pese a las normas de urbanidad; tal es el imperio del talento. La señora Valenod lo hizo quedarse un cuarto de hora más; tenÃa que oÃr a los niños decir el catecismo; cometieron equivocaciones graciosas a más no poder de las que solo se dio cuenta Julien. Se guardó muy mucho de hacerlas notar. «¡Qué ignorancia de los principios de la religión!», pensaba. Por fin se habÃa despedido y creÃa que iba a poder escabullirse; pero hubo que pasar por el trago de una fábula de La Fontaine.
—¡Qué autor tan inmoral! —le dijo Julien a la señora Valenod—; tiene una fábula sobre un tal maese Jean Chouart[21] que osa ridiculizar lo que más hay que venerar. Los mejores comentaristas lo censuran vehementemente.
A Julien, antes de irse, lo invitaron a almorzar cuatro o cinco personas. «¡Ese joven honra la región!», exclamaban a un tiempo todos los comensales, muy alegres. Llegaron incluso a hablar de votar una pensión, tomada de los fondos de la comuna, para permitirle que siguiera estudiando en ParÃs.