Rojo y negro

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Mientras tan imprudente idea despertaba los ecos del comedor, Julien había llegado airosamente a la puerta cochera. «¡Ah, qué chusma! ¡Qué chusma!», exclamó en voz baja tres o cuatro veces seguidas, dándose el gusto de respirar el aire fresco.

Se sentía en aquellos momentos de lo más aristocrático, él, a quien le había molestado tanto tiempo la sonrisa desdeñosa y la superioridad altanera que hallaba en el fondo de las cortesías que tenían con él en casa del señor de Rênal. No pudo por menos de caer en la cuenta de cuán grande era la diferencia. «¡Olvidemos incluso —se decía según se marchaba— que se trata de dinero robado a los pobres internos y que, encima, les impiden cantar! ¿En alguna ocasión se le ocurrió al señor de Rênal decirles a sus invitados el precio de todas las botellas de vino que saca a la mesa? Y el señor Valenod este, al enumerar sus propiedades, que es algo que hace continuamente, no puede mencionar su casa, su finca, etc., si está su mujer presente, sin decir tu casa, tu finca.»

Aquella señora, tan sensible aparentemente al placer de la propiedad, acababa de hacerle una escena abominable, durante la cena, a un criado que había roto una copa y descabalado una de sus docenas; y el criado había contestado con la mayor insolencia.


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