Rojo y negro
Rojo y negro «¡Qué par! —se decÃa Julien—. Ni aunque me dieran la mitad de todo lo que roban querrÃa vivir con ellos. El dÃa menos pensado me traicionarÃa; no podrÃa refrenar la manifestación del desdén que siento por ellos.»
Tuvo, no obstante, que asistir a varias cenas de igual categorÃa, por orden de la señora de Rênal; Julien se puso de moda; le perdonaban el uniforme de guardia de honor o, más bien, esa imprudencia era la causa verdadera de su éxito. No tardó en Verrières en no hablarse sino de quién saldrÃa ganador en la lucha por llevarse al erudito joven, si el señor de Rênal o el director del depósito. Esos dos caballeros formaban con el padre Maslon un triunvirato que tenÃa tiranizada la ciudad desde hacÃa mucho. Al alcalde le tenÃan envidia, los liberales estaban quejosos de él; pero, a fin de cuentas, era noble y estaba hecho para ser superior, mientras que el padre del señor Valenod no le habÃa dejado ni seiscientas libras de renta. Y él habÃa tenido que pasar de la compasión por el mal frac verde manzana que todo el mundo le habÃa conocido de joven a la envidia por sus caballos normandos, por sus cadenas de oro, por sus fracs traÃdos de ParÃs, por su prosperidad actual.