Rojo y negro
Rojo y negro —¡Asà que se ha puesto de moda! —y la señora de Rênal se reÃa de buena gana al pensar en el colorete que la señora Valenod se sentÃa en la obligación de ponerse cada vez que estaba esperando la visita de Julien—. Creo que tiene proyectos para el corazón de usted —añadÃa.
El almuerzo fue delicioso. La presencia de los niños, aunque molesta en apariencia, de hecho incrementaba la dicha de ambos. Aquellos pobres niños no sabÃan cómo demostrar la alegrÃa que les daba volver a ver a Julien. Los criados no habÃan perdido la ocasión de contarles que le ofrecÃan doscientos francos más por educar a los niños de los Valenod.
A mitad del almuerzo, Stanislas-Xavier, pálido aún tras su grave enfermedad, preguntó de repente a su madre cuánto valÃan su cubierto de plata y el vaso también de plata en que bebÃa.
—Y ¿eso por qué?
—Quiero venderlos para darle el dinero al señor Julien y que no lo tomen por un primo si se queda con nosotros.