Rojo y negro
Rojo y negro Era la señora de Rênal, que había hecho un viaje a la ciudad y, subiendo las escaleras de cuatro en cuatro y dejando a sus hijos entretenidos con un conejo favorito que formaba parte de la expedición, había llegado al cuarto de Julien poco antes que ellos. Fue un momento delicioso, pero muy breve: la señora de Rênal ya se había esfumado cuando aparecieron los niños con el conejo, que querían enseñarle a su amigo. Julien los recibió muy bien a todos, incluso al conejo. Le parecía que volvía a reunirse con su familia; notó que quería a esos niños, que le gustaba parlotear con ellos. Le causaba asombro lo dulces que eran sus voces, la sencillez y la nobleza de sus modales infantiles; necesitaba limpiar la imaginación de todos los comportamientos vulgares, de todos los pensamientos desagradables entre los que respiraba en Verrières. Era siempre el temor de carecer de algo, eran siempre el lujo y la miseria agarrándose de los pelos. A las personas en cuyas casas almorzaba los asados que servían les daban la ocasión de hacer confidencias humillantes para ellos y nauseabundas para quienes las oían.
—Los nobles tenéis razón al ser orgullosos —le decía a la señora de Rênal. Y le contaba todos los almuerzos que había soportado.