Rojo y negro

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De repente se abrió la puerta; era el señor de Rênal. Su rostro serio y malhumorado contrastó de forma peculiar con la dulce alegría que su presencia ahuyentaba. La señora de Rênal se puso pálida; no se sentía en condiciones de negar nada. Julien tomó la palabra y, hablando muy alto, empezó a contarle al señor alcalde la ocurrencia del vaso de plata que Stanislas quería vender. Estaba seguro de que la historia iba a tener mala acogida. De entrada, el señor de Rênal tenía la buena costumbre de fruncir el ceño con solo oír la palabra «plata». Mencionar ese metal, decía, es siempre el preámbulo de alguna orden de pago que tendrá que salir de mi bolsa.

Pero ahora había algo más que intereses de dinero; había un incremento de las sospechas. Esa expresión de felicidad que mostraba su familia en ausencia suya no era lo más oportuno para arreglar las cosas con un hombre a quien dominaba una vanidad tan quisquillosa. Cuando le estaba alabando su mujer la forma tan grata e ingeniosa con que Julien aportaba ideas nuevas a sus alumnos, dijo:

—¡Sí, sí! Ya lo sé. Consigue que mis hijos me encuentren odioso. Para él es muy fácil portarse con ellos de una forma mil veces más agradable que yo, que, en el fondo, soy el amo. Todo se encamina en este siglo a hacer que parezca odiosa la autoridad legítima. ¡Pobre Francia!


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