Rojo y negro
Rojo y negro La señora de Rênal no se paró a pasar revista a los matices de la acogida que le estaba dando su marido. Acaba de vislumbrar la posibilidad de pasar doce horas con Julien. Tenía muchísimas compras que hacer en la ciudad y declaró que quería a toda costa ir a cenar a la taberna; por mucho que dijo o hizo su marido, no se apeó de esa idea. A los niños esa sola palabra, «taberna», que con tanto gusto pronuncia la gazmoñería moderna bastaba para encantarlos.
El señor de Rênal dejó a su mujer en la primera tienda de novedades en que entró para ir a hacer unas cuantas visitas. Volvió más huraño que por la mañana; estaba convencido de que toda la ciudad estaba pendiente de él y de Julien. A decir verdad, nadie le había dado aún motivo para sospechar que hubiera un aspecto ofensivo en lo que decía la gente. Lo que le habían contado solo se refería a saber si Julien se quedaría en su casa con seiscientos francos o si aceptaría los ochocientos francos que le ofrecía el director del depósito.
Dicho director, que coincidió con el señor de Rênal en varios encuentros sociales, estuvo muy seco con él. Ese comportamiento no dejaba de ser hábil; en provincias pocas cosas se hacen por atolondramiento: las emociones son tan escasas que se esmeran en darles una fundición bien acabada.