Rojo y negro
Rojo y negro Pero, en medio de tanta prosperidad, el señor Valenod necesitaba tranquilizarse con menudas insolencias pormenorizadas en contra de las verdades de gran calibre que notaba perfectamente que todo el mundo tenía derecho a decirle. Se había acrecentado su actividad a partir de los temores que le había dejado la visita del señor Appert: había ido tres veces a Besançon; enviaba varias cartas en cada correo; enviaba otras con desconocidos que pasaban por su casa al caer la noche. Era posible que se hubiera equivocado al conseguir que destituyesen al anciano párroco Chélan, pues por aquella gestión vindicatoria consideraban varias beatas de muy buena cuna que era un hombre profundamente perverso. Por lo demás, aquel favor lo había hecho depender por completo del vicario general De Frilair, que le hacía encargos muy peculiares. En ese punto se hallaba su comportamiento político cuando cedió al gusto de escribir un anónimo. Para mayor apuro, su mujer le dijo que quería a Julien en su casa; se le había metido entre ceja y ceja a su vanidad.