Rojo y negro

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En semejante posición, el señor Valenod preveía una escena decisiva con el señor de Rênal, su antiguo confederado. Este le diría palabras duras, cosa que le daba bastante igual; pero podía escribir a Besançon, e incluso a París. El primo de algún ministro podría dejarse caer de repente por Verrières y quedarse con el depósito de mendicidad. El señor Valenod pensó en arrimarse a los liberales: por eso estaban invitados varios de ellos al almuerzo en que recitó Julien. Habría tenido un fortísimo apoyo en contra del alcalde. Pero podían llegar unas elecciones, y no era sino excesivamente evidente que el depósito y unos votantes equivocados resultaban incompatibles. Esta política, que la señora de Rênal había intuido con mucho tino, se la relató a Julien mientras este le daba el brazo para ir de tienda en tienda y, poco a poco el relato los fue llevando hasta el Paseo de la Fidelidad donde pasaron varias horas casi tan tranquilos como en Vergy.

Mientras tanto, el señor Valenod intentaba evitar una escena decisiva con su antiguo jefe, adoptando frente a este una expresión audaz. Ese día el sistema tuvo éxito, pero puso al alcalde de peor humor.




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