Rojo y negro
Rojo y negro Julien se fijó en que, en esas conversaciones que se detenían repentinamente cuando él se acercaba, salía con frecuencia a colación una casa grande, que pertenecía al municipio de Verrières, vieja pero amplia y cómoda y situada enfrente de la iglesia, en el lugar con más tráfico de comercio de la ciudad. «¿Qué pueden tener en común esa casa y un amante nuevo?», se decía Julien. En su pena se repetía esos versos tan bonitos de Francisco I, que le parecían nuevos porque no hacía ni un mes que se los había enseñado la señora de Rênal. ¡Con cuántos juramentos y cuántas caricias le había desmentido ella a la sazón cada uno de esos versos!
Es la mujer tornadiza
y loco quien de ella fía.
El señor de Rênal cogió la silla de posta para Besançon. Ese viaje se decidió en dos horas; parecía muy desasosegado. Al regresar, arrojó un abultado paquete envuelto en papel gris encima de la mesa.
—Aquí está este estúpido asunto —le dijo a su mujer.
Una hora después, Julien vio al encargado de pegar los carteles llevarse el abultado paquete; se fue detrás de él apresuradamente: «Voy a saber el secreto en la primera esquina».