Rojo y negro

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Esperaba, impaciente, detrás del fijador de carteles, que, con la gruesa brocha, estaba embadurnando la parte trasera del cartel. No bien estuvo en su sitio, vio Julien el anuncio muy pormenorizado del arrendamiento en pública subasta a mata candelas de aquella casa grande y vieja que salía tan a menudo en las conversaciones del señor de Rênal con su mujer. La adjudicación del arrendamiento se anunciaba para el día siguiente a las dos, en el salón municipal, al acabarse la tercera candela. Julien se quedó muy decepcionado; le parecía muy corto el plazo: ¿cómo iba a dar tiempo a que se enterasen todos los competidores? Pero, por lo demás, ese cartel, que llevaba fecha de quince días atrás y que se volvió a leer de arriba abajo en tres sitios diferentes, no le aclaraba nada.

Fue a ver la casa en arrendamiento. El portero, que no lo vio acercarse, le estaba diciendo misteriosamente a un vecino:

—¡Bah! ¡Bah! No merece la pena molestarse. El padre Maslon le ha prometido que la conseguiría por trescientos francos; y, como el alcalde se encrespaba, lo mandó llamar al obispado el vicario general De Frilair.

La llegada de Julien pareció estorbar mucho a los dos amigos, que no añadieron ni una palabra más.


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