Rojo y negro
Rojo y negro «Así que en todas partes hay falsedad —dijo Julien—. Aquí tenemos al signor Geronimo que se va a Londres con sesenta mil francos de sueldo. Sin la maña del director de San Carlino, es posible que esa voz divina no la hubiera conocido ni admirado nadie hasta pasados diez años… A fe mía que preferiría ser un Geronimo que un Rênal. No cuenta con tantos honores sociales, pero no pasa por el sinsabor de tener que hacer adjudicaciones como la de hoy y lleva una vida alegre.»
Una cosa tenía asombrado a Julien: las semanas solitarias que había pasado en Verrières, en casa del señor de Rênal, habían sido para él una temporada de felicidad. Solo se había topado con el asco y los pensamientos tristes en los almuerzos a que lo habían invitado; ¿no podía acaso en aquella casa solitaria leer, escribir y pensar sin que lo molestara nadie? No lo sacaba a cada momento de sus esplendorosas ensoñaciones la cruel necesidad de estudiar los movimientos de un alma baja y, además, para engañarla con pasos y palabras hipócritas.
«¡Tendré, pues, tan a mano la felicidad!… Los gastos de una vida así son poca cosa; puedo, según lo prefiera, casarme con la señorita Élisa o asociarme con Fouqué…» Pero el viajero que acaba de subir por una montaña empinada se sienta en la cima y halla una satisfacción perfecta en el descanso. ¿Sería feliz si se viera forzado a descansar siempre?