Rojo y negro

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El pensamiento de la señora de Rênal había llegado a ideas fatales. Pese a sus resoluciones, le había confesado a Julien toda la historia de la adjudicación. «Está visto que conseguirá que me olvide de todos mis juramentos», pensaba.

Habría sacrificado sin titubear la vida para salvar la de su marido si lo hubiese visto en peligro. Era una de esas almas nobles y novelescas para quienes vislumbrar la posibilidad de una acción generosa y no hacerla es fuente de un remordimiento casi igual al de haber cometido un crimen. No obstante, había días funestos en los que no podía apartar de sí la imagen de enajenada felicidad de que disfrutaría si, al quedarse viuda de repente, pudiera casarse con Julien.

Julien quería a sus hijos mucho más que su padre; pese a que era severamente justo, ellos lo idolatraban. Se daba cuenta de que, si se casara con Julien, tendría que irse de Vergy, cuyas frondas umbrosas le eran tan queridas. Se veía viviendo en París: continuaba dándoles a sus hijos esa educación que dejaba admirado a todo el mundo. Sus hijos, ella, Julien, todos eran completamente felices.



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