Rojo y negro
Rojo y negro —Ya hemos llegado al estado que tanto ha deseado usted. A partir de ahora vivirá sin remordimientos. Ya no verá a sus hijos en la tumba a la mÃnima indisposición.
—Me contrarÃa mucho que no pueda usted darle un beso a Stanislas —replicó ella frÃamente.
A Julien acabaron por causarle gran extrañeza los besos sin fogosidad alguna de aquel cadáver viviente; no pudo pensar en otra cosa en varias leguas. TenÃa el alma consternada y, antes de cruzar la montaña, mientras pudo divisar el campanario de la iglesia de Verrières, miró hacia atrás con mucha frecuencia.