Rojo y negro
Rojo y negro A partir de ese momento la señora de Rênal no pensó sino una cosa: «Lo estoy viendo por última vez». Lejos de responder a la solicitud de su amigo, fue como un cadáver casi inanimado. Si se forzaba a decirle que lo amaba, lo hacÃa con una expresión de apuro que era casi prueba de lo contrario. Nada pudo distraerla del pensamiento cruel de una separación eterna. El desconfiado Julien creyó por un momento que ya lo habÃa olvidado. Lo que dijo, muy picado, en este sentido no lo recibió ella sino con lagrimones que le corrÃan en silencio y apretones de manos casi convulsos.
—Pero ¡por Dios bendito! ¿Cómo quiere que la crea? —contestaba Julien a las frÃas protestas de su amiga—. Le manifestarÃa cien veces más amistad sincera a la señora Derville o a una simple conocida.
La señora de Rênal, petrificada, no sabÃa qué responder.
—Es imposible ser más desdichada… Espero morirme… Noto que se me hiela el corazón…
Tales fueron las respuestas más largas que Julien pudo conseguir de ella.
Cuando la proximidad del dÃa hizo necesaria la partida, las lágrimas de la señora de Rênal dejaron de correr por completo. Vio cómo Julien ataba una cuerda a la ventana sin decir palabra, sin devolverle los besos. En vano le decÃa Julien: