Rojo y negro
Rojo y negro —¿Es que quiere convertir en abominable el recuerdo de nuestros amores? —le dijo Julien.
Por fin se marchó Julien de Verrières. El señor de Rênal tuvo mucha suerte: en el momento fatal de aceptar el dinero que le daba, aquel sacrificio le resultó excesivo a Julien. Lo rechazó rotundamente. El señor de Rênal se le echó en los brazos con los ojos llenos de lágrimas. Al pedirle Julien un certificado de buena conducta, no dio, en su entusiasmo, con expresiones que le parecieran bastante magnÃficas para ponderar su comportamiento. Nuestro héroe tenÃa ahorrados cinco luises y pensaba pedirle otro tanto a Fouqué.
Estaba muy conmovido. Pero, a una legua de Verrières, donde dejaba tanto amor, no pensó ya sino en la felicidad de ver una capital, una gran ciudad marcial como Besançon.
Durante esta corta ausencia de tres dÃas, a la señora de Rênal la tuvo engañada una de las más crueles decepciones del amor. La vida le resultaba soportable, entre ella y la desdicha extrema estaba esa última entrevista que iba a tener con Julien. Contaba las horas y los minutos que la separaban de ese encuentro. Por fin, en la noche del tercer dÃa, oyó desde lejos la señal convenida. Tras haber pasado por mil peligros, Julien se presentó ante ella.